Reactivando los antiguos recursos de la tipología, René Girard se propuso interpretar el conjunto de la religión arcaica como una prefiguración de la «revelación judeocristiana». Al desvelar la violencia contenida desde siempre en los mitos y los rituales, los Profetas y los Evangelios habrían abierto la posibilidad de una «nueva cultura». Cincuenta años después de la formulación de esta hipótesis, todo ocurre como si el renovado interés por el pensamiento girardiano coincidiera con un desencadenamiento planetario de la violencia. Esta coincidencia apocalíptica requiere una clarificación.
¿Cómo «manifestar que los cristianos están llamados a dar testimonio de una historia encarnada que aún no ha dicho su última palabra1»? ¿Y cómo hacerlo, además, presentando el pensamiento apocalíptico de René Girard? La tarea sería una auténtica hazaña si no tuviéramos la convicción de que una obra como la suya se construyó sobre la base de una profunda esperanza. Podríamos decir, pues, resumiendo su empresa, que Girard habrá recapitulado lo mejor de la crítica literaria y de las ciencias humanas de su tiempo, para hacerles manifestar lo que buscaban borrar, a saber, la singularidad de la herencia judeocristiana. En el momento, pues, en que las antropologías positivista y estructural habían rebajado la mesianidad, ese «oráculo específico del mundo occidental2», al rango de una fe como las demás, Girard la habrá, por su parte, la…