Frente a la crisis del liberalismo, han surgido dos respuestas ideológicas: la cultura woke y el posliberalismo. Una pone el énfasis en la identidad y la memoria reparadora, la otra en la comunidad y la tradición. Ambas se basan en antropologías parciales. La Doctrina Social de la Iglesia ofrece una alternativa integral fundada en la dignidad humana, el bien común y la fraternidad universal.
Durante las primeras décadas del siglo xxi, el debate intelectual, político y cultural en los Estados Unidos se ha visto marcado por la emergencia de dos principales ideologías que, aunque sean aparentemente opuestas, comparten una raíz común: la insatisfacción respecto al paradigma liberal heredado de la modernidad1. Por un lado, la llamada cultura woke ha puesto de relieve las insuficiencias del liberalismo clásico para atender a las heridas históricas de la esclavitud, del racismo estructural, de la discriminación de género y de las exclusiones sociales que perviven en la sociedad. Por otro, el movimiento denominado post-liberal busca trascender el orden liberal, denunciando la insuficiencia del individualismo y el poder corrosivo de los mercados desregulados, y proponiendo en cambio el proteccionismo económico, como una revalorización de la comunidad, de la tradición y, en algunos casos, de un papel confesional de la religión en la vida pública.
El liberalismo político, sustentado en la primacía de la autonomía individual, la neutralidad del Estado y el libre mercado se enfrentan a una crisis de legitimidad. Las crecientes desigualdades económicas, el desencanto democrático, la erosión de la confianza en las instituciones y la fragmentación cultural han debilitado la promesa liberal de libertad, igualdad y prosperidad. La crisis financiera de 2008 y aquella que siguió al brote del Coronavirus, han intensificado esa percepción, agudizando la polarización ideológica en los Estados Unidos.
En este contexto, tanto la cultura woke como el post-liberalismo se presentan como respuestas alternativas. La primera insiste en la centralidad de la identidad y en la necesidad de una memoria histórica reparadora, pero a menudo se expone al relativismo y a la desconexión con la realidad. El segundo subraya la importancia del bien común (entendido como bien de mi comunidad), y del así dicho ordo amoris (primero yo, luego mi familia, y después mi país, sin ocuparme mucho de la suerte del resto del mundo), deslizándose hacia tentaciones autoritarias o hacia un integrismo que contradice la pluralidad legítima de la vida moderna.
Frente a estas alternativas incompletas o problemáticas, la Doctrina Social de la Iglesia ofrece una visión más completa. Desde Rerum novarum (1891) hasta Fratelli tutti (2020), el Magisterio ha insistido en la inseparabilidad de la dignidad de la persona humana y de su dimensión social. La Iglesia ha denunciado las falsas antropologías que reducen al ser humano a consumidor, pero también ha advertido contra aquellas que diluyen la verdad universal en una multiplicidad irreconciliable de identidades. En cambio, ha propuesto un camino basado en la fraternidad universal, la solidaridad y el bien común correctamente entendido, como bien de la familia humana, conformada a su vez por personas concretas.
En el 2018, en la encíclica Gaudete et exultate (capítulo 2), el Papa Francisco explicó que es importante alejarse de dos tentaciones: el gnosticismo que no quiere mirar a la realidad, y también el pelagianismo, que piensa que nosotros nos ganamos el paraíso con nuestros esfuerzos y méritos. Ante la cultura woke que apoya, entre otras cosas, la decisión personal acerca de su propio género, y el post-liberalismo que quiere imponer de manera autoritaria un código de comportamiento único para ser considerados verdaderos patriotas, la Doctrina Social de la Iglesia recuerda la superioridad de la realidad sobre una ideología (Evangelii Gaudium 231), y la alegría del anuncio del Evangelio, que es un encuentro con la persona de Jesus, que nos invita a seguirlo (EG 1).
Mi tesis central es que ni el woke ni el post-liberalismo ofrecen una respuesta suficiente a la crisis contemporánea, porque ambos operan desde antropologías parciales o defectuosas. El primero absolutiza la identidad hasta el punto de fracturar la universalidad, y el segundo corre el riesgo de instrumentalizar la religión para fines de poder. La propuesta del Evangelio, en cambio, desarrollada en la Doctrina Social de la Iglesia, permite mantener unidos el respeto por cada persona, la apertura a todos los pueblos y la búsqueda de un bien común que no excluye a nadie.
I Contexto histórico y cultural: la crisis del liberalismo
Desde el siglo xix, el liberalismo se erigió en Occidente como la cosmovisión dominante, articulando un proyecto político basado en tres pilares fundamentales: la centralidad de la autonomía individual, la limitación del poder estatal y la organización de la vida económica a través del mercado. Este modelo, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en el horizonte normativo de las democracias occidentales, con resultados indudablemente positivos: ampliación de derechos civiles y políticos, crecimiento económico sostenido, reducción de la pobreza en ciertos contextos y consolidación de regímenes democráticos relativamente estables.
Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo xx comenzaron a manifestarse tensiones internas que se harían más evidentes con el paso del tiempo. La primera de estas tensiones tiene que ver con la excesiva confianza en el individualismo. El liberalismo clásico ha celebrado la libertad como la ausencia de interferencias externas, pero al absolutizar esta noción empobrecedora de libertad terminó debilitando los vínculos comunitarios y las instituciones intermedias que dotan de sentido a la vida social. El auge del consumismo y del individualismo posesivo redujo al ser humano a consumidor autónomo, olvidando su dimensión relacional y trascendente.
La segunda tensión proviene de la dinámica del capitalismo globalizado. La exaltación del libre mercado, especialmente en su versión neoliberal, condujo a una creciente desigualdad, a la precarización del trabajo y a la mercantilización de esferas de la vida humana que deberían estar protegidas de la lógica del beneficio. La crisis financiera de 2008 mostró las fragilidades de este sistema, revelando que los mercados carecen de mecanismos internos que los orienten hacia el bien común. Como señaló Benedicto xvi en Caritas in veritate, la economía no puede funcionar prescindiendo de la ética, porque de lo contrario se convierte en una fuente de exclusión y sufrimiento: “la exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a «injerencias» de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva” (CV 34).
La tercera tensión se manifiesta en el terreno cultural y político. La neutralidad liberal respecto a los valores pretendía garantizar un espacio común para la convivencia plural, pero en la práctica condujo a una especie de vacío moral. Al renunciar a proponer un horizonte de sentido compartido, el liberalismo abrió la puerta a la fragmentación cultural y al relativismo. Así, la vida pública se fue empobreciendo, reducida al ámbito de la gestión técnica o de la confrontación de intereses individuales, sin un lenguaje común para hablar del bien, de la verdad o de la justicia.
Estas tensiones se agudizaron en el tránsito al siglo xxi. El desencanto con la política, la polarización, la desconfianza hacia las instituciones, la expansión de movimientos populistas y nacionalistas, y el impacto de la revolución digital aceleraron la percepción de que el liberalismo había perdido su capacidad de integrar a las sociedades. Es en este contexto donde emergen tanto la cultura woke como el post-liberalismo: dos intentos de dar respuesta a la crisis, pero que se mueven en direcciones opuestas.
La cultura woke enfatiza la necesidad de reconocer las injusticias históricas y de dar voz a quienes han sido silenciados por la narrativa dominante. Al mismo tiempo, el post-liberalismo busca superar el vacío moral liberal revalorizando el bien común, la tradición y el papel de la religión en la vida pública.
Así, la crisis del liberalismo no solo ha debilitado el orden político y económico heredado, sino que ha abierto el espacio para que surjan propuestas alternativas, cada una con intuiciones válidas pero también con peligros inherentes. El análisis de estos movimientos exige, por tanto, no solo una crítica cultural o política, sino también una reflexión antropológica y ética de fondo. Y es aquí donde la Doctrina Social de la Iglesia ofrece un horizonte más equilibrado y universal, capaz de integrar las legítimas preocupaciones por la justicia y la comunidad sin caer en los extremos del relativismo o del autoritarismo.
II El surgimiento de la cultura woke
El término woke, originalmente utilizado en la cultura afroamericana para expresar la necesidad de estar “despierto” ante las injusticias del racismo. Ha ido evolucionando hasta convertirse en un concepto amplio que designa una actitud de alerta permanente frente a cualquier forma de discriminación, exclusión o desigualdad social. Aunque la raíz del fenómeno es legítima – la defensa de la dignidad de personas y comunidades históricamente marginadas –, el modo en que la cultura woke se ha expandido revela tanto aciertos como límites significativos.
El movimiento woke tiene su origen en las luchas por los derechos civiles en Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo xx. La denuncia del racismo estructural y la afirmación de la igualdad de derechos para la población afroamericana dieron lugar a una conciencia más amplia sobre la necesidad de visibilizar situaciones de exclusión. Posteriormente, este marco se extendió hacia otros ámbitos: feminismo, diversidad sexual, reconocimiento de minorías étnicas y religiosas, defensa de las personas con discapacidad, entre otros.
En el siglo xxi, las redes sociales jugaron un papel decisivo en la expansión de esta cultura. Plataformas como Twitter, Facebook e Instagram permitieron amplificar las voces de grupos históricamente silenciados, generar movimientos globales como #MeToo o Black Lives Matter y crear comunidades transnacionales articuladas en torno a causas comunes. La noción de estar woke pasó entonces de ser un término de nicho a convertirse en un emblema cultural global.
No cabe duda de que el fenómeno woke ha tenido efectos positivos. Entre ellos destacan:
- Sensibilización sobre injusticias históricas: al poner en primer plano el racismo, el sexismo y otras formas de discriminación, ha generado un cambio en la percepción pública. Hoy resulta socialmente inaceptable lo que hace pocas décadas era tolerado o invisibilizado.
- Empoderamiento de minorías: grupos tradicionalmente marginados han encontrado en este marco un lenguaje para expresar sus demandas y un espacio para organizarse colectivamente.
- Revisión crítica de la historia: la exigencia de revisar el pasado a la luz de las víctimas ha abierto un debate necesario sobre la memoria histórica y las narrativas oficiales.
- Expansión global de la solidaridad: causas que nacen en contextos locales han adquirido resonancia mundial, mostrando la interconexión de las luchas por la justicia.
A pesar de sus aportaciones, la cultura woke presenta límites que deben ser señalados:
- Reducción de la identidad: al absolutizar la pertenencia a un grupo (raza, género, orientación sexual, etc.), se corre el riesgo de reducir la riqueza de la persona a un solo rasgo. Esta tendencia contradice la visión cristiana del ser humano como persona única e irrepetible, cuya dignidad trasciende cualquier categoría sociológica.
- Relativismo moral: en la medida en que cada grupo reclama su “verdad” y su propio relato, se dificulta la posibilidad de un horizonte ético compartido. La noción de verdad objetiva se diluye en una pluralidad de perspectivas irreconciliables.
- Cancel culture: la práctica de “cancelar” a quienes expresan opiniones consideradas ofensivas ha generado un clima de intolerancia y miedo. En lugar de promover el diálogo y la conversión, se impone la exclusión y el silencio.
- Fragmentación social: al enfatizar las diferencias por encima de los lazos comunes, la cultura woke puede alimentar el tribalismo y debilitar la cohesión social.
La Iglesia comparte algunas intuiciones de la cultura woke, en particular la necesidad de reconocer y reparar las injusticias históricas, así como la centralidad de la dignidad humana. En Fratelli tutti, el Papa Francisco condena explícitamente el racismo y cualquier forma de desprecio hacia el otro, recordando que “El descarte, además, asume formas miserables que creíamos superadas, como el racismo, que se esconde y reaparece una y otra vez” (FT 20). Asimismo, la Doctrina Social de la Iglesia ha insistido en la opción preferencial por los pobres y excluidos, que implica dar voz a quienes han sido marginados.
Sin embargo, la Iglesia advierte contra los excesos que pueden surgir cuando la justicia se busca sin referencia a la verdad universal ni al bien común. Como señala Gaudium et spes, la verdadera comunidad humana se funda en el respeto de la persona humana (GS 25), y esto exige una antropología que reconozca al ser humano no solo en su identidad particular, sino en su vocación universal a la comunión.
La Doctrina Social de la Iglesia no niega las legítimas preocupaciones de la cultura woke, pero las integra en un horizonte más amplio. Frente a la reducción identitaria, propone la fraternidad universal; frente al relativismo, la verdad del Evangelio; frente a la cancelación, el perdón y el diálogo; frente a la fragmentación, el bien común.
En este sentido, Fratelli tutti constituye una corrección fraterna al fenómeno woke: reconoce su preocupación por la justicia, pero advierte que el individualismo indiferente y despiadado en el que hemos caído no es el camino: “El individualismo no nos hace más libres, más iguales, más hermanos. La mera suma de los intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para toda la humanidad” (FT 105). Solo desde la apertura al otro como hermano – más allá de cualquier categoría identitaria – es posible construir una sociedad justa y reconciliada.
III El movimiento post-liberal
El fenómeno conocido como post-liberalismo ha adquirido fuerza en los últimos años, especialmente en Estados Unidos, pero con resonancias en Europa y América Latina. Se trata de una corriente intelectual y política que surge de la convicción de que el liberalismo no solo atraviesa una crisis coyuntural, sino que está agotado como proyecto civilizatorio. Desde esta perspectiva, la modernidad liberal ha fracasado porque, al basarse en una antropología individualista y en una concepción reductiva de la libertad, ha minado los fundamentos mismos de la vida comunitaria, del orden político estable y del florecimiento humano integral.
Autores como Patrick Deneen (autor de Why Liberalism Failed y Regime Change: Toward a Postliberal Future), Adrian Vermeule (autor de Common Good Constitutionalism) o Russell Ronald Reno (editor de First Things) son exponentes destacados del post-liberalismo, el cual no constituye una ideología única ni una doctrina cerrada, sino un movimiento plural compuesto por corrientes diversas que comparten una crítica común al proyecto liberal.
Según los post-liberales, el liberalismo ha llegado al límite de su propia lógica, produciendo múltiples formas de fracaso: político, por generar sociedades paralizadas y fragmentadas; económico, por incrementar las desigualdades y concentrar la riqueza en pocas manos; moral, por erosionar los valores tradicionales que sustentaron la civilización occidental.
Aunque provienen de tradiciones distintas – conservadora, socialista, comunitarista y republicana –, los post-liberales comparten varias críticas al sistema actual. Rechazan el estatalismo, el consumismo, la neutralidad supuesta del Estado, la división rígida entre izquierda y derecha, y la concepción puramente negativa de la libertad. En cambio, promueven principios como el bien común, la subsidiariedad, la virtud cívica y la reconstrucción de una economía más comunitaria, organizada a través de corporaciones y redes locales.
En su análisis, la izquierda occidental ha dado prioridad a políticas de emancipación individual sobre aquellas de solidaridad, mientras que la derecha occidental se ha centrado en el individuo, debilitando el sentido comunitario. También critican los efectos de la globalización, que ha desestabilizado a la clase media y a las comunidades suburbanas, debilitando la cohesión nacional.
Inspirándonos en Adrian Pabst, autor de Postliberal Politics: The Coming Era of Renewal (2021), podríamos identificar tres grandes corrientes internas del post-liberalismo: Nacional-conservadores (conservadores en lo social pero liberales en lo económico), Integristas religiosos (combinan una economía post-liberal con un Estado-nación en el que la religión juega un papel central), y Comunitaristas pluralistas (defienden una visión personalista y comunitaria).
Un elemento común de las tres corrientes es su rechazo al individualismo extremo y a la proliferación de derechos individuales concebidos como créditos, que, según ellos, fragmentan la sociedad, erosionan la identidad colectiva, aumentan las desigualdades y favorecen la disolución de los Estados bajo la presión de la globalización.
Exceptuando a los Nacional-conservadores, los post-liberales defienden un rol más activo del Estado en la economía, en contraposición al libre mercado. Consideran que el liberalismo ha producido un modelo de Estado-mercado, donde las relaciones humanas se reducen a transacciones monetarias y la economía se desconecta de la vida social.
En el ámbito social, proponen restaurar la familia tradicional como base de la sociedad, lo que se traduce en una oposición explícita al matrimonio igualitario, a la teoría de género y al aborto, defendidos por la cultura woke. Ven el avance de los derechos LGBTQIA+ como un reflejo de la influencia de las élites liberales.
Finalmente, algunos autores plantean la estrategia de replegarse en pequeñas comunidades como espacio de resistencia cultural, con la intención de recristianizar Occidente desde la base.
Su crítica al liberalismo es profunda y lo acusan de haber instaurado un “totalitarismo blando”, que se impone de manera sutil a través de las instituciones y de la cultura dominante.
En síntesis, los post-liberales han articulado diversas propuestas:
- Recuperación del bien común como principio rector: el Estado debería dejar de ser neutral y asumir un papel activo en la promoción de una concepción sustantiva del bien común, entendido como el bien de la comunidad nacional.
- Revalorización de la ley natural y de la virtud: la política no puede limitarse a la gestión de intereses, sino que debe orientar la vida social hacia la realización de la naturaleza humana y el cultivo de las virtudes cívicas y morales.
- Fortalecimiento de la comunidad y de la tradición: frente a la disolución de los vínculos sociales, el post-liberalismo subraya la centralidad de la familia, la comunidad local y la transmisión de valores tradicionales.
- Reintegración de la religión en la esfera pública: se reivindica el papel del cristianismo – y en particular del catolicismo – como fundamento cultural y moral indispensable para la vida social y política.
En algunos casos, estas propuestas se traducen en visiones políticas cercanas al integrismo, que plantean la necesidad de que el Estado reconozca formalmente la primacía de la fe católica y subordine las leyes civiles a los principios de la ley divina.
Aunque el post-liberalismo acierta en señalar las carencias del liberalismo contemporáneo, sus propuestas presentan varios riesgos:
- Tentación autoritaria: al querer reemplazar la neutralidad liberal por un orden político explícitamente confesional, se corre el riesgo de imponer la fe en lugar de proponerla, vulnerando la libertad religiosa y la legítima autonomía de la esfera política.
- Idealización del pasado: algunos discursos post-liberales, como Rob Dreher en su libro The Benedict option: a strategy for christians in a post-christian nation (2017), o Edmund Waldstein en su libro Integralism and the Common Good (2022), tienden a idealizar la cristiandad medieval como modelo, sin reconocer suficientemente los desafíos del pluralismo contemporáneo ni las lecciones aprendidas en materia de derechos humanos.
- Ambigüedad del bien común: al hablar de “bien común”, no siempre queda claro si se entiende como el conjunto de condiciones que permiten el florecimiento de todos, o como un proyecto ideológico definido por un grupo dominante. Esta ambigüedad puede llevar a exclusiones o instrumentalizaciones.
- Riesgo de polarización: al presentarse como alternativa frontal al liberalismo, el post-liberalismo puede contribuir a la polarización ideológica en lugar de tender puentes en sociedades ya fragmentadas.
La Doctrina Social de la Iglesia comparte algunas preocupaciones del post-liberalismo: critica el individualismo, denuncia las injusticias del mercado desregulado, subraya la centralidad del bien común (en el sentido de búsqueda del bien para la familia de todos los pueblos) y reivindica la dimensión comunitaria del ser humano.
Sin embargo, la Iglesia Católica no puede avalar un retorno a modelos de cristiandad que confundan lo espiritual y lo temporal. Como recuerda el Concilio Vaticano ii en Gaudium et spes 36, la comunidad política y la Iglesia son autónomas y cada una es competente en su propio ámbito, aunque deben cooperar en la promoción del bien de la persona.
La verdadera aportación de la Iglesia Católica no consiste en imponer un orden político concreto, sino en iluminar la vida social y orientar las estructuras hacia la justicia, la solidaridad y la fraternidad, ofreciendo el Evangelio en una lógica de diálogo y encuentro con el mundo actual, con sus lenguajes y referentes culturales. En este sentido, Fratelli tutti constituye una corrección al post-liberalismo: reconoce la necesidad de superar el liberalismo individualista, pero advierte contra el nacionalismo excluyente y el autoritarismo. El Papa Francisco nos llama a construir una amistad social que no excluya a nadie y que reconozca la dignidad de todos, independientemente de su credo o pertenencia cultural.
IV Antropología cristiana frente a las falsas antropologías
En el trasfondo tanto de la cultura woke como del post-liberalismo encontramos lo que la Doctrina Social de la Iglesia identifica como antropologías defectuosas. Dicho de otro modo, detrás de los debates culturales y políticos subyacen concepciones parciales o erradas de lo que significa ser humano. La Iglesia insiste en que toda propuesta social, política o económica debe fundarse en una comprensión adecuada de la persona, creada a imagen de Dios, dotada de dignidad inviolable y llamada a la comunión.
El liberalismo, en su forma clásica y neoliberal, ha promovido una visión del ser humano como individuo autónomo, definido principalmente por su capacidad de elección. El ideal de la libertad negativa – entendida como ausencia de coacción – ha conducido a una reducción del ser humano a consumidor de bienes y servicios. Esta antropología desemboca en el homo economicus, que toma decisiones guiado por el interés propio y la consecuente búsqueda de la maximización del lucro.
La Iglesia ha criticado reiteradamente esta visión reductiva. Ya en Quadragesimo anno (1931), Pío xi advertía que
Mas la libre concurrencia, aun cuando dentro de ciertos límites es justa e indudablemente beneficiosa, no puede en modo alguno regir la economía, como quedó demostrado hasta la saciedad por la experiencia, una vez que entraron en juego los principios del funesto individualismo. (QA 89)
Benedicto xvi, en Caritas in veritate, subrayó que sin el principio de gratuidad y de don, la economía se convierte en deshumanizante (CV 34). Y el Papa Francisco, en Evangelii gaudium, denunció la idolatría del dinero y de la exclusión (EG 53).
La cultura woke, por su parte, ofrece otra antropología problemática: la reducción de la persona a una identidad particular. Ser humano significaría pertenecer a un grupo definido por características como raza, género, orientación sexual o religión. Esta visión responde legítimamente a la necesidad de reconocer historias de opresión, pero corre el riesgo de absolutizar la diferencia y de negar la realidad y la dimensión universal de la dignidad humana.
Desde la perspectiva cristiana, la persona no puede ser reducida a una identidad parcial, porque su valor no depende de categorías sociales sino de su condición de hijo de Dios. Por tanto, el cristianismo sostiene que toda identidad encuentra su plenitud en la comunión.
El post-liberalismo, en sus versiones más radicales, corre el riesgo de sustituir el individualismo liberal por un comunitarismo autoritario. En este marco, la persona se define casi exclusivamente por su pertenencia a una comunidad cultural o religiosa, y su libertad se subordina al proyecto colectivo. Aunque se busca recuperar el bien común, existe el peligro de que la comunidad sea concebida de modo excluyente, como un “nosotros” que se afirma negando a los “otros”.
La Iglesia reconoce la importancia de la comunidad, pero advierte que ésta debe estar siempre al servicio de la persona. En palabras de Juan Pablo ii: “Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana” (Centesimus annus 46). Por ello, el bien común no puede entenderse como una totalidad que aplasta al individuo, sino como un horizonte que permite la realización de todos y de cada uno.
Frente a estas antropologías reduccionistas, la propuesta cristiana se articula en torno a tres ejes fundamentales:
- La dignidad inalienable de la persona: cada ser humano, creado a imagen de Dios, posee un valor absoluto que no depende de su utilidad económica ni de su pertenencia a un grupo.
- La relacionalidad constitutiva: el ser humano solo se comprende en relación con los demás. Por eso, cada persona no puede encontrarse plenamente sino a través del don sincero de sí mismo.
- La vocación universal a la comunión: todas las personas están llamadas a formar una única familia en Dios. Esto excluye tanto el individualismo como el tribalismo.
Esta antropología cristiana tiene consecuencias concretas:
- En el ámbito económico, exige estructuras que respeten la dignidad de cada trabajador y que promuevan la solidaridad.
- En el ámbito cultural, llama a superar las divisiones identitarias y a reconocer la riqueza de la diversidad en la unidad.
- En el ámbito político, demanda instituciones que garanticen la libertad y la participación, evitando tanto la fragmentación como el autoritarismo.
En definitiva, la antropología cristiana ofrece un criterio de discernimiento frente a las antropologías reductivas del liberalismo, del woke y del post-liberalismo. Solo reconociendo al ser humano como persona, dotada de dignidad, relacionalidad y vocación a la comunión, es posible construir un orden social justo y humano.
V El bien común: riqueza y ambigüedad del concepto
El concepto de bien común es central en la tradición cristiana y en la Doctrina Social de la Iglesia. El Magisterio lo ha presentado como criterio fundamental de discernimiento en la vida social, política y económica. Sin embargo, este término no está exento de ambigüedades y es a menudo objeto de interpretaciones divergentes: en algunos casos, reducido a un mero equilibrio de intereses; en otros, convertido en una justificación para imponer un orden ideológico o autoritario.
El Concilio Vaticano ii, en Gaudium et spes, ofreció una de las definiciones más citadas: “el bien común… el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (GS 26).
Esta definición tiene varias implicaciones:
- El bien común no es un “todo” abstracto por encima de las personas, sino el horizonte que garantiza la realización de cada individuo.
- Incluye tanto bienes materiales (alimentación, salud, vivienda, trabajo), como bienes espirituales y culturales (educación, libertad religiosa, participación política).
- Requiere la participación de todos en su construcción, lo cual conecta con el principio de subsidiariedad.
En la perspectiva cristiana, el bien común nunca puede separarse de la dignidad de la persona ni de la vocación universal a la fraternidad.
En el debate actual, el concepto de bien común se encuentra tensionado entre distintas interpretaciones:
- En el liberalismo: tiende a entenderse como la suma de bienes individuales. El bien común se reduce a garantizar la coexistencia pacífica y la maximización de intereses privados mediante el mercado o el contrato social. Esta visión olvida la dimensión trascendente y comunitaria del ser humano.
- En la cultura woke: el bien común tiende a fragmentarse en una multiplicidad de “bienes” particulares vinculados a identidades específicas. El horizonte universal se disuelve en reivindicaciones parciales que, aunque legítimas, terminan en conflicto permanente entre sí.
- En el post-liberalismo: el bien común puede entenderse como un proyecto sustantivo impuesto desde arriba para una comunidad nacional o una parte de la sociedad. En lugar de servir a todos, se convierte en justificación para excluir a quienes no comparten la misma visión.
En los tres casos aparece la ambigüedad: el liberalismo lo diluye, el woke lo fragmenta, el post-liberalismo lo instrumentaliza.
La Doctrina Social de la Iglesia propone un concepto de bien común que supera estas limitaciones:
- Universalidad: el bien común pertenece a todos y a cada uno, sin exclusiones. No es la imposición de la mayoría ni el privilegio de unos pocos.
- Dimensión trascendente: el bien común no se agota en lo material. Incluye la apertura a Dios y la dimensión espiritual del ser humano.
- Participación y subsidiariedad: la construcción del bien común requiere la implicación de todos los actores sociales, desde las comunidades locales hasta las instituciones globales.
- Orientación hacia los más vulnerables: el bien común se mide desde los márgenes: si no incluye a los pobres y descartados, deja de ser verdaderamente común.
En la crisis ecológica, el bien común exige un cuidado de la casa común que vaya más allá de intereses nacionales o empresariales. Laudato si’ recuerda que “la tierra es esencialmente una herencia común” (LS 93). En la crisis migratoria, el bien común no puede limitarse a la seguridad de unos pocos países, sino que debe reconocer la dignidad y derechos de los migrantes. Fratelli tutti insiste en que
Si toda persona tiene una dignidad inalienable, si todo ser humano es mi hermano o mi hermana, y si en realidad el mundo es de todos, no importa si alguien ha nacido aquí o si vive fuera de los límites del propio país. También mi nación es corresponsable de su desarrollo, aunque pueda cumplir esta responsabilidad de diversas maneras: acogiéndolo de manera generosa cuando lo necesite imperiosamente, promoviéndolo en su propia tierra, no usufructuando ni vaciando de recursos naturales a países enteros propiciando sistemas corruptos que impiden el desarrollo digno de los pueblos. (FT 125)
El desafío actual consiste en recuperar el sentido auténtico del bien común frente a sus caricaturas:
- No es mera suma de intereses (visión liberal).
- No es fragmentación en reivindicaciones parciales (visión woke).
- No es imposición de un orden ideológico (visión post-liberal).
Es, más bien, la tarea compartida y solidaria de construir condiciones sociales en las que cada persona, y especialmente las más vulnerables, puedan florecer.
VI La respuesta de Fratelli tutti
En el amplio panorama de la Doctrina Social de la Iglesia, la encíclica Fratelli tutti (2020) del Papa Francisco constituye una respuesta particularmente lúcida a los desafíos que plantean la cultura woke y el post-liberalismo, que lamentablemente son también las raíces de la polarización en nuestras comunidades católicas entre ultra-progresistas y ultra-conservadores. Frente a estas alternativas parciales, Fratelli tutti propone un horizonte universal de fraternidad y amistad social.
- La centralidad de la fraternidad universal
La encíclica parte de una constatación: la humanidad atraviesa una crisis de sentido marcada por la indiferencia, el descarte y la violencia. En este contexto, el Papa Francisco recuerda que todos somos hermanos y hermanas, llamados a reconocernos en una única familia humana. Esta convicción no se basa en afinidades identitarias ni en contratos sociales, sino en la verdad teológica de que todos hemos sido creados por un mismo Padre.
El capítulo segundo de la encíclica evoca la parábola del Buen Samaritano como paradigma de la fraternidad. Allí se muestra que el prójimo no se define por la pertenencia a un grupo, sino por la disposición a hacerse cargo del otro, incluso cuando es diferente o considerado enemigo. Frente a la lógica del woke, que absolutiza la diferencia, y frente al post-liberalismo, que tiende a absolutizar la pertenencia comunitaria, Fratelli tutti ofrece la lógica de la fraternidad: nadie puede quedar fuera de la categoría de “hermano”.
La encíclica Fratelli tutti no es ingenua respecto a los problemas estructurales que enfrenta el mundo actual. El Papa denuncia la cultura del descarte que reduce a las personas a objetos de consumo y descarta a los débiles, los migrantes y los pobres. Asimismo, critica la fe ciega en el mercado como solución a todos los problemas, recordando que “El mercado solo no resuelve todo” (FT 168).
En este sentido, la encíclica coincide con algunas intuiciones del post-liberalismo al denunciar el individualismo y el neoliberalismo. Sin embargo, lo hace sin recurrir a propuestas autoritarias o nostálgicas de una cristiandad pasada, sino llamando a una nueva cultura de solidaridad global.
El Papa Francisco advierte también contra las tendencias a cerrarse adentro de una idea y no ver la realidad: “La verdadera sabiduría supone el encuentro con la realidad” (FT 47). El Papa argentino denuncia también los populismos que manipulan a los pueblos con discursos de odio y los nacionalismos que levantan muros en lugar de tender puentes (FT 156). Estas críticas resuenan tanto frente a los riesgos de la cultura woke – que absolutiza la identidad y no va al encuentro con la realidad – como frente a las derivas del post-liberalismo – que pueden desembocar en nacionalismos excluyentes.
Fratelli tutti invita, en cambio, a una política de gran visión, capaz de buscar el bien común más allá de los cálculos electorales inmediatos. Una política que se mida por su capacidad de incluir a los más pobres, de acoger a los migrantes y de garantizar derechos fundamentales a todos. Una política que sin mezclar ni fragmentar el orden temporal y trascendente, contribuya desde su papel en la promoción de un desarrollo humano, integral y solidario de toda persona y de toda la persona en su dimensión individual y social.
Uno de los ejes centrales de la encíclica es la importancia del diálogo (FT, capitulo 6). Francisco subraya que la fraternidad universal no se construye mediante la imposición de una ideología, sino a través del encuentro sincero, del reconocimiento del otro y de la búsqueda compartida de la verdad. En palabras de la encíclica:
Reiteradas veces he invitado a desarrollar una cultura del encuentro, que vaya más allá de las dialécticas que enfrentan. Es un estilo de vida tendiente a conformar ese poliedro que tiene muchas facetas, muchísimos lados, pero todos formando una unidad cargada de matices, ya que «el todo es superior a la parte» [EG 237]. El poliedro representa una sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente, aunque esto implique discusiones y prevenciones. Porque de todos se puede aprender algo, nadie es inservible, nadie es prescindible. Esto implica incluir a las periferias. Quien está en ellas tiene otro punto de vista, ve aspectos de la realidad que no se reconocen desde los centros de poder donde se toman las decisiones más definitorias. (FT 215)
Este énfasis en el diálogo ofrece una respuesta tanto al relativismo del woke – que convierte la verdad en una cuestión de perspectivas inconmensurables – como a la tentación autoritaria del post-liberalismo – que pretende imponer una visión única.
En la segunda parte de la encíclica, Francisco desarrolla la idea de una “amistad social”, que va más allá de la mera coexistencia. No se trata de una mera tolerancia mutua, sino de construir una verdadera comunidad basada en la solidaridad. Esto implica:
- Promover la justicia social y la equidad económica.
- Garantizar la participación política de todos, especialmente de los más vulnerables.
- Fomentar la reconciliación y el perdón en contextos de conflicto.
La amistad social propuesta en Fratelli tutti no es una categoría abstracta, sino un proyecto político concreto que busca humanizar las relaciones sociales y las instituciones.
El Papa recuerda que:
La ayuda mutua entre países en realidad termina beneficiando a todos. Un país que progresa desde su original sustrato cultural es un tesoro para toda la humanidad. Necesitamos desarrollar esta consciencia de que hoy o nos salvamos todos o no se salva nadie. La pobreza, la decadencia, los sufrimientos de un lugar de la tierra son un silencioso caldo de cultivo de problemas que finalmente afectarán a todo el planeta. Si nos preocupa la desaparición de algunas especies, debería obsesionarnos que en cualquier lugar haya personas y pueblos que no desarrollen su potencial y su belleza propia a causa de la pobreza o de otros límites estructurales. Porque eso termina empobreciéndonos a todos. (FT 137)
Finalmente (FT, capítulos 7 y 8), la encíclica insiste en que la fraternidad no puede limitarse a las fronteras nacionales ni a los círculos culturales de pertenencia. En un mundo globalizado, el amor al prójimo debe traducirse en una apertura universal que reconozca los derechos de los migrantes, la responsabilidad compartida frente al cambio climático y la necesidad de instituciones internacionales más eficaces. De este modo, Fratelli tutti amplía la noción de bien común a escala global, proponiendo una verdadera ética mundial de solidaridad.
Aplicaciones prácticas en política, economía y cultura
La Doctrina Social de la Iglesia, y de manera particular Fratelli tutti, no se limita a ofrecer principios abstractos; se orienta siempre a la praxis encarnada en la realidad. La enseñanza social de la Iglesia busca iluminar la acción concreta en los diversos ámbitos de la vida social. La propuesta de fraternidad universal y de amistad social puede traducirse en políticas y prácticas aterrizadas en los campos de la política, la economía y la cultura.
La política, cuando se concibe como caridad social, se convierte en una de las formas más elevadas de caridad. No se trata de mera gestión técnica ni de lucha por el poder, sino de servicio al bien común. Algunas aplicaciones concretas serían:
- Promoción de una política de largo plazo: frente a la lógica electoral cortoplacista, la Iglesia invita a diseñar políticas que piensen en las próximas generaciones, no solo en las próximas elecciones. Esto es esencial para enfrentar la crisis ecológica, la pobreza estructural, la migración y la búsqueda de la paz mundial.
- Defensa de la dignidad de todos los ciudadanos: la política debe garantizar derechos fundamentales como educación, salud, vivienda y trabajo digno, evitando toda forma de discriminación.
- Construcción de consensos sociales: en lugar de fomentar la polarización, se requiere una política del diálogo, que integre diversas sensibilidades en torno al bien común.
En este sentido, Fratelli tutti se opone tanto al elitismo tecnocrático como al populismo excluyente, proponiendo en su lugar una política que nazca de la escucha del pueblo y de la apertura a la diversidad.
En el ámbito económico
La economía global enfrenta el reto de superar la lógica neoliberal que ha generado desigualdad, precarización y exclusión. La Doctrina Social de la Iglesia ofrece aquí orientaciones muy concretas:
- Subordinar la economía al bien común: el beneficio legítimo no puede ser el único criterio de la actividad económica. Por eso, la economía necesita integrar la lógica del don y de la gratuidad.
- Promover el trabajo digno: el empleo no debe reducirse a un costo de producción, sino reconocerse como una dimensión esencial de la dignidad humana y de la realización integral de la persona.
- Impulsar la economía social y solidaria: cooperativas, mutualidades y otras formas asociativas son caminos concretos para poner en práctica la solidaridad. Es injusto un sistema donde un pequeño grupo de gente es dueño de la producción y distribución de los bienes y los servicios, buscando, en cada una de sus decisiones, la maximización del lucro por encima del bienestar de los trabajadores.
- Ecología integral: la producción y el consumo deben tener en cuenta no solo el beneficio inmediato, sino también el cuidado de la casa común y el futuro de las próximas generaciones.
La crisis del liberalismo, la fragmentación del woke y la tentación autoritaria del post-liberalismo son, en el fondo, expresiones de una crisis cultural. La propuesta de la Iglesia implica una renovación cultural basada en la fraternidad. Algunas aplicaciones serían:
- Superar el relativismo y el populismo: la cultura contemporánea necesita redescubrir la posibilidad de una verdad compartida y de un lenguaje común para hablar del bien y de la justicia.
- Promover el diálogo interreligioso e intercultural: Nostra aetate y Fratelli tutti coinciden en que la paz se construye mediante el encuentro sincero entre culturas y religiones.
- Revalorizar la memoria histórica en clave reconciliadora: frente a la cancelación o a la manipulación ideológica de la historia, la Iglesia propone una memoria que reconozca el dolor de las víctimas, pero que abra caminos de perdón y reconciliación.
- Educar para la fraternidad: la escuela, la universidad y los varios cursos de formación deberían formar no solo en competencias técnicas, sino en virtudes cívicas y en la apertura al otro.
La traducción práctica de la Doctrina Social de la Iglesia consiste, en definitiva, en vivir la fraternidad universal en todas las dimensiones de la vida social. Esto implica una política concebida como servicio, una economía al servicio del hombre y una cultura del encuentro. Así, la visión de Fratelli tutti se convierte en un proyecto concreto para transformar el mundo contemporáneo, evitando tanto las trampas del relativismo identitario, como las del autoritarismo comunitarista.
Conclusión: fraternidad universal como alternativa católica
La cultura woke y el post-liberalismo, aunque surgen como respuestas a la crisis del liberalismo contemporáneo, no logran ofrecer soluciones adecuadas y duraderas. La primera, al absolutizar la identidad, corre el riesgo de fragmentar la sociedad en tribus irreconciliables, cancelando el horizonte de universalidad y diálogo. El segundo, al buscar reemplazar la neutralidad liberal con un orden confesional o comunitarista, corre el peligro de caer en autoritarismos y de instrumentalizar la fe para fines políticos. Ambos, en el fondo, revelan la incapacidad de las ideologías para responder plenamente a las preguntas fundamentales sobre el ser humano, la justicia y la convivencia.
La Doctrina Social de la Iglesia, en cambio, ofrece una visión más amplia y equilibrada. El Magisterio Pontificio insiste en dos verdades inseparables: la vida humana es sagrada y la vida humana es social. De estas dos certezas fundamentales se derivan los principios de la dignidad de la persona, la solidaridad, la subsidiariedad y el bien común, como ha también recordado el Papa León xiv en sus homilías y discursos en sus primeros meses de pontificado. Estos principios de la Doctrina Social de la Iglesia permiten superar las falsas antropologías tanto del liberalismo individualista como de los extremos identitarios o autoritarios.
Fratelli tutti sintetiza este camino al proponer la fraternidad universal y la amistad social como respuesta al mundo fragmentado de hoy. Frente a la idolatría del mercado, denuncia la cultura del descarte y reclama una economía que ponga en el centro a los pobres y vulnerables. Frente al relativismo del woke, recuerda que todos somos hermanos, sin excepción. Frente a la tentación autoritaria del post-liberalismo, insiste en que la política debe ser caridad social y servicio al bien común, no imposición ideológica.
La fraternidad universal no es un ideal abstracto, sino una vocación concreta que se traduce en políticas inclusivas, en economías solidarias y en culturas del encuentro. Es la alternativa católica frente a las insuficiencias del liberalismo y de sus críticos contemporáneos. Es, en última instancia, la vía que responde a la verdad profunda del ser humano: creado a imagen de Dios, llamado al don de sí y destinado a la comunión eterna.
Como recuerda el Papa Francisco,
Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos”. (FT 8)
Esta es una propuesta que la Iglesia ofrece a los seres humanos de hoy. Por ello, no es una ideología más en la arena política, sino una invitación a redescubrir lo que nos une en lo más profundo, para construir juntos un mundo en el que nadie quede descartado, un mundo donde el bien común se viva como realidad concreta y compartida, y donde la fraternidad universal sea el horizonte que guíe nuestras acciones y existencia.
1. Lección impartida en el x.º Diploma Internacional en Doctrina Social de la Iglesia, organizado por la Academia de Líderes Católicos, 13 de septiembre 2025.