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El rostro del prójimo. Teología de la relación en la prueba del final de la vida

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Marie-Lætitia Calmeyn

En el contexto de los debates contemporáneos sobre el final de la vida, este artículo propone recentrar la reflexión en la dimensión relacional del cuidado. A partir de una interrogación fundamental – ¿quién es el otro para mí? – desarrolla una teología del prójimo arraigada en la tradición bíblica y cristiana. La autora pone de relieve la primacía del don y de la comunión sobre las lógicas utilitaristas o estrictamente decisionales, apoyándose en particular en la noción de rostro y en el misterio pascual. La experiencia de la vulnerabilidad, especialmente en la enfermedad y en la proximidad de la muerte, revela al prójimo como aquel que llama a una transformación interior y a una relación de fraternidad. Así, el cuidado se comprende no solo como una práctica, sino como un lugar teológico donde se despliegan la presencia, la caridad y la esperanza.

Los debates que han tenido lugar en Francia en los últimos años en torno a las leyes sobre el final de la vida han vuelto a situar al personal sanitario en el centro de cuestiones humanas, éticas y espirituales de extrema intensidad. Es inevitable que, ante el sufrimiento, la dependencia, la petición de morir o el rechazo al encarnizamiento terapéutico, resurja esta pregunta fundamental: ¿qué es cuidar? ¿Se trata de responder a una petición, de ejercer una competencia técnica o de entablar una relación más profunda con quien sufre y se acerca a la muerte?

Al tratar de regular las prácticas, los cambios legislativos corren el riesgo de desplazar el centro de gravedad de la atención: de la relación hacia la decisión individual, de la presencia hacia un «derecho a», del servicio a la vida hacia un control ilusorio y mortífero, del respeto a las conciencias y a las instituciones hacia un «totalitarismo solapado1». Estas evoluciones provocan, entre otros, en el personal sanitario, una verdadera consternación.

En este contexto, resulta esencial volver a una pregunta más fundamental: ¿quién es el otro para mí? ¿Cómo situarme frente al prójimo en la relación de cuidados?

¿Es el paciente ante todo un sujeto de derecho, un beneficiario de prestaciones, alguien que formula demandas? ¿O es también aquel que me ha sido confiado, aquel cuya vulnerabilidad me llama, aquel que, de alguna manera, me revela mucho más que a mí mismo?

La tradición bíblica y cristiana ofrece aquí una perspectiva decisiva. Invita a pensar la relación no solo en términos de actos o decisiones, sino como una vocación: vocación a la vida, al encuentro, a la presencia, a la comunión. De este modo, abre al enfoque del cuidado un camino que conduce de la relación de cuidado a una relación aún más profunda: la de la fraternidad.

Es desde esta perspectiva que proponemos releer la figura del «otro» y del «prójimo». Porque, en el corazón mismo de la fragilidad, en el umbral de la muerte, se juega algo decisivo: la manera de estar en relación —y quizás, aún más profundamente, la manera de amar.

I El principio divino y la vocación relacional del hombre

«En el principio, Dios creó el cielo y la tierra» (Gn 1,1) . Desde los primeros versículos, la Biblia nos enseña a estar atentos a un Otro distinto de nosotros mismos. La alteridad es el crisol de toda creación: impregnará toda relación con lo real. Es, en efecto, a la luz de Dios donde se hace posible recibir la creación como un don y, por ello mismo, entrar en relación con el Creador y las criaturas.

Este recordatorio no es baladí. Constituye un principio estructurante de la existencia e indica el sentido mismo de la historia santa, la historia guiada por Dios hasta hoy. Porque, desde el primer pecado, el hombre tiende a sustituir ese comienzo divino por un comienzo centrado en sí mismo: « al principio, yo», «mi cansancio», «mis preocupaciones», «mis juicios», «mis éxitos y mis fracasos». Esta autorreferencia encierra al ser humano en una lógica de repliegue que le hace menos receptivo a acoger al otro, ya sea Dios, el Totalmente Otro, la creación o el rostro del prójimo.

Ante el final de la vida, este desplazamiento puede ser especialmente sensible: el sufrimiento, el dolor, el miedo y la pérdida de control pueden presentarse como atajos autorreferenciales, motivos de encerramiento, y llevar a tomar decisiones que corren el riesgo de debilitar la consideración de la dignidad infinita de toda vida humana. Estas tentaciones acechan al paciente, pero también al cuidador.

Al igual que Job, también nosotros podemos pasar de la pregunta del «por qué» de la desgracia a la del «para qué» —o más bien del «hacia qué»— y redescubrir así el don de la creación. Es en el corazón de la angustia donde resuena, en este libro de sabiduría, esta interpelación de Dios: «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? » (Jb 38,4). El diálogo con Job consiste entonces en recorrer de nuevo el don de la creación. Este se presenta como un espacio donde, más profundamente que el sufrimiento, el hombre renace a la vida: un camino de acceso al Creador y al Salvador. El don originario está siempre por encima de todo acontecimiento, especialmente de los sufrimientos humanos. Estamos llamados a verlo de nuevo. En el mismo sentido, el papa Francisco decía de las lágrimas que son «unas gafas para ver mejor2 ».

Los primeros versículos del Génesis invitan así a redescubrir, en cada instante de la historia, el don de la creación. Incluso en los momentos más oscuros, se trata de acoger el tiempo, el espacio, las criaturas —hasta el rostro del otro— como un don único.

Entrar en esta disposición supone una conversión permanente, incluso en el ejercicio de la atención sanitaria. ¿Cómo puede entonces el cuidador dar testimonio de estos dones en una habitación de hospital? Dando tiempo en lugar de dejarlo pasar —incluso cuando este parece escaso—, velando por que la habitación sea acogedora, ofreciendo una sonrisa, una escucha, una atención competente, especialmente ante el dolor: tantos signos de vida que llaman a la vida.

Al comentar el libro del Génesis, y siguiendo la estela de Gaudium et spes 12, san Juan Pablo II recuerda que el hombre ha sido creado para las relaciones de comunión.

Este concepto remite a una realidad a la vez sencilla y exigente: acoger al otro, sea cual sea su condición, como un don en sí mismo (una criatura entregada a sí misma). El otro no se reduce a su utilidad; no se define por lo que me puede aportar ni solo por su exterioridad. Se da a sí mismo. Contemplar este don es abrirse a una relación de persona a persona. Tal relación abre un espacio de libertad, donde cada uno puede redescubrir el don de la vida y reapropiarse de él.

Esta perspectiva permite distinguir las relaciones de comunión de las relaciones utilitarias, en las que se recurre al otro en función de una necesidad o un interés. Y cuando este está enfermo, sumido en el coma, cuando parece que ya no puede aportar nada, es entonces cuando me conduce al corazón de su ser —allí donde la vida brota más profundamente que la prueba de la muerte. La gratuidad relacional surge de ese principio divino que anima a cada ser vivo, fuente de toda vida (cf. Sab 11,26), incluso allí donde se hacen sentir el sufrimiento y la muerte. El principio de un ser humano se revela así tal como es: un don de siempre a siempre.

II El prójimo y la pedagogía del rostro

Es a partir de esta relación original con Dios que el hombre puede reconocer al otro como prójimo. Dios se hace cercano al dar la vida hasta el final, y es en esta cercanía divina donde el hombre aprende a hacerse cercano a su vez (cf. Dt 30,14).

Las relaciones de comunión suponen así el reconocimiento de la alteridad y de la unicidad de cada persona. A este respecto, el pensamiento de Emmanuel Levinas ofrece una luz decisiva: el rostro del otro se impone como una llamada ética3. Prohíbe la violencia y abre a la responsabilidad.

Ya desde los primeros capítulos del Génesis, Dios dirige al hombre y a la mujer esta llamada: «Sed fecundos y multiplicaos» (Gn 1,28). La fecundidad bíblica no se reduce a una dimensión biológica; designa la capacidad de recibir la vida en todas sus dimensiones para darla. Esta llamada se renueva tras el pecado. Cuando el Señor dice a la mujer: «Multiplicaré los dolores de tus embarazos» (Gn 3,16), la «multiplicación» de la que se habla sigue siendo la de la vida. Pero la distancia introducida por el pecado hace que su acogida sea más difícil y más dolorosa. Como atestigua el libro del Apocalipsis (Ap 12), los dolores del parto atraviesan toda la historia de la salvación (cf. Is 13,8; Jr 4,31; Mi 4,9-10; Jn 16,21) e implican una apropiación cada vez más profunda del don recibido, en cada etapa de la existencia, hasta la acogida del Verbo de vida. El Evangelio según san Juan lo expresa explícitamente: «El que permanece en mí y yo en él da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Se trata siempre y de nuevo de acoger el don de la vida más profundamente que el mal y el sufrimiento, a través de la creación —y, de manera privilegiada, a través del rostro del otro.

En el contexto de los cuidados, esta fecundidad toma una forma singular: no consiste solo en luchar por la curación, sino en dar cabida a la vida allí donde parece frágil, amenazada u oscurecida. El cuidador participa en esta dinámica al reconocer, en el paciente, una vida que sigue siendo digna de ser acogida y atendida, incluso cuando sus expresiones son muy reducidas. Dar tiempo, mantener una presencia, aliviar el dolor, acompañar sin necesariamente controlar: son tantas formas de dar fruto dejando circular la vida recibida. Así, el cuidado se convierte en un lugar de fecundidad, donde la vida se transmite a menudo de manera discreta y oculta, pero real, en esa atención al rostro del otro.

III La Ley como pedagogía de la relación

Todos experimentamos que esta relación con el don de la vida no es algo evidente. Por eso el Señor nos ha dado su Ley. Ha inscrito en las tablas lo que el pecado, el mal, el sufrimiento y las pasiones pueden hacernos olvidar: la palabra de vida en el principio del ser humano4.

El don del Decálogo constituye una etapa esencial en esta pedagogía divina (cf. Éx 20,1-17). Las dos tablas de la Ley expresan la orientación de la existencia humana: es a la luz del amor de Dios (en sentido subjetivo y objetivo) donde se arraiga siempre de nuevo el amor al prójimo (cf. Mt 22,37-39).

Entre estas dos dimensiones, algunos mandamientos desempeñan un papel fundamental. Tal es el caso del mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre» (Éx 20,12). El verbo hebreo «honrar» podría traducirse por «glorificar». Es la relación con Dios la que nos permite dar gracias por las generaciones que nos preceden. El hombre es, por ello, fundamentalmente deudor.

Por el contrario, la falta de gratitud conduce a la codicia y, a veces, a los celos hasta el asesinato (cf. Gn 4,1-8).

Por otra parte, el mandamiento del sábado, que precede al relativo a la relación con los padres, introduce una dimensión esencial: la del descanso (cf. Éx 20,8-11). El descanso no es una simple cesación de la actividad; es una disposición espiritual que permite recibir el tiempo como un don y contemplar toda la obra del Creador. Sin esta capacidad de recepción, resulta imposible entrar en una lógica de acogida de la vida, de don y de hospitalidad, esa hospitalidad que está en el origen de la institución hospitalaria.

El relato de la creación subraya que, el séptimo día, Dios «descansó» (Gn 2,2). Esta expresión debe entenderse como una forma de decir que Dios «se posan» de nuevo, que establece una relación gratuita con la creación que sigue sosteniendo en la existencia (cf. Heb 1,3). Contempla su belleza y su armonía.

Es es gracias a este arraigo en esta generación espiritual que honramos a las generaciones que nos preceden, es decir, que damos testimonio por ellos de esta vida dada por Dios a través de ellos. Es también a la luz de esta vida recibida de Dios que se pueden cumplir los mandamientos que se refieren al prójimo (no matar, no cometer adulterio, no robar, no dar falso testimonio, no codiciar) y dar gracias por su vida.

IV El misterio pascual y la extrema cercanía de Dios

Si nos remitimos al Evangelio, ¿qué hace Jesús el día de reposo? Da vida sanando (cf. Mc 3,1-6; Lc 13,10-17). Se reposa de nuevo en la creación. Tras su Pasión, en el momento de su muerte, es depositado en un sepulcro: se reposa hasta en la muerte (cf. Lc 23,53-56). A este sábado se le llama el «gran sábado», porque Jesús viene a reunirse con nosotros en el corazón de la muerte para darnos la vida eterna recibida del Padre (cf. Rom 6,4). En la tradición iconográfica, se representa a Cristo sacando a Adán y Eva de los infiernos (cf. 1 Pe 3,18-19): signo de que la cercanía divina alcanza las profundidades últimas de la existencia de cada hombre. Este descenso es al mismo tiempo una elevación, orientada hacia la vida eterna.

Cada celebración de la Eucaristía hace presente este misterio de la muerte y la resurrección (cf. Lc 22,19) . Más que asistir a la misa o recibir los sacramentos, importa vivir de esta acción de gracias. En un contexto en el que el final de la vida se concibe a veces en términos de una decisión que tomar o un acto que realizar, la Eucaristía nos recuerda que la vida se recibe y se da. Nos abre al origen y a la finalidad de toda vida humana: la acción de gracias. Implica una transformación de nuestro ser: Cristo nos alcanza hasta en la muerte para darnos su vida. Por eso nos envía a las «periferias» de la humanidad (cf. Mt 25,40), hacia los pobres y los moribundos, para recoger allí la Vida que Él les da y comparte con nosotros.

Estas periferias no son solo realidades lejanas; se encuentran en el corazón mismo de nuestra vida cotidiana: vecinos, personas en situación de precariedad, nuestras familias marcadas por tanta fragilidad humana —y muy especialmente las personas al final de la vida.

Cuando san Juan Pablo II recordaba su vocación, evocaba cómo cada encuentro verdaderamente humano había abierto en él un espacio de vida, le había llevado a dar gracias más profundamente y, a través de esa acción de gracias, a ofrecer su propia vida5.

Esta experiencia ilumina también el cuidado: todo encuentro auténtico con una persona enferma puede convertirse en un lugar de transformación recíproca, donde la vida circula y se entrega, a menudo más allá de las fronteras visibles de nuestra humanidad. Juan Pablo II lo decía solemnemente al final de su vida, en la prueba de la enfermedad:

Sin duda, las personas con discapacidad, al revelar la fragilidad radical de la condición humana, son una expresión del drama del dolor [...]. Nos muestran que la importancia última del ser humano, más allá de toda apariencia, reside en Jesucristo. Por eso se ha dicho con razón que las personas con discapacidad son testigos privilegiados de la humanidad6.

Así, la vida cristiana, alimentada por la Eucaristía, llama a estar allí donde la vida está herida, es frágil, vulnerable y sufre, no para controlar su desenlace, sino para acompañar su misterio. Dios se ha hecho cercano hasta en la muerte; seguir a Cristo es recorrer ese mismo camino de humanidad marcado por la pobreza y las limitaciones (cf. Flp 2,6-8).

V El prójimo: de la ayuda al don de la vulnerabilidad

Los evangelios sinópticos resumen así las dos tablas de la ley: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y a tu prójimo como a ti mismo» (cf. Mt 22, 37-40; Mc 12, 29-31; Lc 10,25-28).

El Evangelio, especialmente a través de la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37), invita a profundizar en el concepto de prójimo. ¿Quién es mi prójimo? No es solo aquel que ayuda, que se acerca; es también aquel que está herido.

Esta perspectiva evangélica cuestiona profundamente la relación de cuidados: la persona enferma, al final de su vida, en su extrema vulnerabilidad, no es solo objeto de protocolos y cuidados; se convierte, de manera singular, en el lugar donde se revela el prójimo.

El mismo Cristo se manifiesta también en esta figura del herido (cf. Is 53,3-5), revelándonos cómo el poder no se manifiesta necesariamente en la acción visible o eficaz, sino más aún en el corazón de la debilidad (cf. 2 Co 12,9).

Lo que digo puede parecer un poco lejano, un poco difícil... Sin embargo, lo he experimentado hace poco.

Acompañé a mi hermano, que falleció muy rápidamente de un cáncer de páncreas. Se fue en un mes. Tengo otro hermano, con síndrome de Down. Como somos una familia numerosa, también prestábamos mucha atención a este hermano pequeño mientras acompañábamos a nuestro hermano mayor. En el momento de la muerte, cuando sentíamos que se acercaba el final, todos los hermanos y hermanas estábamos reunidos a su alrededor. Son momentos en los que no se sabe qué decir. Nos invade una inmensa sensación de impotencia. Y creo que el personal sanitario —hablo aquí de una experiencia familiar, pero yo misma he sido enfermera de cuidados paliativos— tampoco se libra de esta conmoción. Nos sentimos profundamente desarmados ante la debilidad. Quizá ese sea precisamente el papel de la debilidad: desarmarnos. Fue en ese momento, cuando todos estábamos un poco perdidos, cuando mi hermano pequeño con síndrome de Down se levantó. Besó a mi hermano mayor y le dijo: «Te quiero. Estoy orgulloso de ti. Adiós». Esas tres palabras —«te quiero, estoy orgulloso de ti, adiós»—, creo que todos pensamos en nuestro interior que no había palabras más acertadas que pronunciar en ese momento. Había hablado en nombre de todos nosotros.

El lector se preguntará sin duda por qué comparto esto con él: no solo como un testimonio personal, sino porque esta experiencia me plantea una cuestión muy seria sobre el prójimo, a saber, cómo la persona vulnerable se convierte, de una manera muy particular, en el prójimo del otro. Ahí hay un verdadero campo por explorar. Ya sean personas con discapacidad o personas mayores, enfermas o moribundas: por lo que viven, por la profundidad de su experiencia… pueden tener un inmenso don que ofrecernos.

Cuanto más nos marca la debilidad, más nos vemos impulsados a profundizar para encontrar en ella una fuente de vida, más nos convertimos, en cierto modo, en especialistas del comienzo divino (cf. 1 Co 1,27-29) . Cuanto más descendemos al nivel del corazón (centro o lugar más profundo del hombre), más accedemos a ese lenguaje del corazón, que llega al hombre en lo más profundo (cf. Ez 36,26).

Tenemos verdaderos maestros en la «escuela del prójimo»: esas personas vulnerables, con discapacidad, enfermas o moribundas. Para mí, es una cuestión esencial: ¿cómo reconocemos en ellos a quienes edifican en profundidad la Iglesia y la sociedad?

VI De discípulo a hermano: la plenitud de la relación en Cristo

El Evangelio según san Juan describe una progresión significativa en la relación con Cristo. Los apóstoles son ante todo discípulos, es decir, hombres que escuchan a un maestro (cf. Jn 13,13). Pero esta relación sufre un giro cuando Cristo se hace siervo, especialmente durante el lavatorio de los pies (cf. Jn 13,14-15).

Es en este contexto donde se dice que «los amó hasta el final» (Jn 13,1). Esta expresión no se refiere solo a la muerte, sino al cumplimiento del amor en su dimensión escatológica, es decir, en la comunión con el Padre, en la vida eterna.

Es entonces cuando aparece otra palabra: la de amigo. Jesús dice: «Ya no os llamo siervos […] sino que os llamo amigos» (Jn 15,15). Es importante redefinir estos términos.

¿Qué significa ser discípulo? Es estar a la escucha del Verbo para que se haga carne en nosotros (cf. Jn 1,14). La fe nos establece en esta actitud de discípulo.

Pero, ¿cuándo se llega a ser amigo? Existe un sentido profundamente cristiano de la amistad, que expresa una cercanía aún mayor. A los ojos de Jesús, esto se manifiesta cuando se da la vida: «No hay mayor amor que dar la vida por aquellos a quienes se ama» (Jn 15,13). Amar hasta el final es amar con ese amor: un amor que se entrega, un amor que es caridad (cf. 1 Co 13). Tras la fe, entramos así en la caridad.

¿Y cuándo nos convertimos en hermanos? La fraternidad es una dimensión esencial, en nuestra sociedad, pero aún más en la vida cristiana. Estamos llamados a convertirnos en hermanos, pero eso no es algo que se dé por sentado. Hay un momento muy concreto en el que Jesús llama «hermanos» a sus discípulos: después de la Resurrección. Le dice a María Magdalena: «Ve a decir a mis hermanos […] que subo a mi Padre y a vuestro Padre» (Jn 20,17) .

Al hacernos partícipes de su relación con el Padre, nos establece como hermanos. Nos da a conocer el amor del Padre.

A partir de ahí, se nos plantea una pregunta —en particular como cuidadores, como asistentes—: ¿cómo pasamos de la relación de discípulo a la amistad y, luego, a la verdadera fraternidad?

En otras palabras, en un contexto en el que el final de la vida puede abordarse desde el punto de vista de decisiones técnicas o jurídicas, ¿cómo comunicamos esta vida que trasciende la nuestra y que nos llama a respetar la dignidad infinita de cada persona humana?

Porque «la vida eterna es que te conozcan a ti, el único Dios verdadero » (Jn 17,3). Esta vida nos es dada ya desde ahora: a través de los sacramentos, la fe, la caridad y la esperanza, y en particular cuando contemplamos ese Verbo del principio, que brota en el corazón de la extrema vulnerabilidad, más profundamente que la muerte. Cuando entramos en ella, descubrimos que abre en nosotros un espacio de vida absolutamente nuevo:

Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que nuestras manos han tocado del Verbo de vida —pues la Vida se ha manifestado—. La hemos visto, damos testimonio de ella y os anunciamos la Vida eterna, que estaba dirigida hacia el Padre y que se nos ha aparecido —lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos también a vosotros, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Y escribimos esto, para que nuestra alegría sea perfecta. (1 Jn 1,1-4, BJ)

Conclusión: acercarse a los demás a la manera de Dios

Dios toma la iniciativa de la relación. Se acerca a nosotros —en la creación, en la Ley, en Cristo, hasta en la muerte y la vida eterna— para enseñarnos a acercarnos a los demás a nuestra vez.

En el contexto actual de las leyes sobre el final de la vida, este enfoque cobra un significado especial: nos recuerda que la respuesta al sufrimiento y a la muerte no puede reducirse a un acto o a una decisión, pues pasa ante todo por la presencia real ante el otro.</ p>

Así, la cuestión del prójimo no es ante todo un esfuerzo moral, sino una transformación interior: dejar que Dios sea el principio de nuestras vidas, para que nuestras relaciones —incluso en las situaciones más frágiles— se conviertan en lugares de vida, de entrega y de comunión.

Desde esta perspectiva, todo encuentro puede convertirse en un lugar teológico, un lugar donde Dios se entrega y se revela. El rostro del otro —en particular el más frágil, el que se acerca a la muerte— se convierte entonces en el lugar privilegiado donde se viven la fe, la caridad y la esperanza. Quizás sea esta la llamada más profunda que se nos dirige hoy, en el corazón mismo de los debates sobre el final de la vida: aprender a recibir la vida para darla, aprender a dejarnos amar para amar a nuestra vez, y descubrir, en el corazón mismo de nuestras relaciones, que el prójimo se convierte poco a poco… en nuestro hermano, aquel que nos abre de nuevo al «comienzo de Dios» para la eternidad.

  • 1 Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus 46 (1991): « Una democracia sin valores se transforma fácilmente en un totalitarismo declarado o encubierto, como lo demuestra la historia» (recogido en Veritatis splendor 101, 1993).

  • 2 Papa Francisco, homilía del 2 de abril de 2013.

  • 3 E. Levinas, Ética e infinito. Diálogos con Philippe Nemo, París, Fayard, 1982.

  • 4 Véase Ireneo de Lyon, Contra las herejías iv.

  • 5 Juan Pablo II, Mi vocación: don y misterio, París, Cerf, 1996.

  • 6 Id., Mensaje a los participantes en el simposio internacional sobre el tema «Dignidad y derechos de la persona con discapacidad intelectual» (8 de enero de 2004).

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La NRT est une revue trimestrielle publiée par un groupe de professeurs de théologie, sous la responsabilité de la Compagnie de Jésus à Bruxelles.

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